1.
¿Hubo discusiones frecuentes por normas básicas (rutinas, aseo, tareas, pantallas, horarios)?
2.
¿Tu hijo(a) ignoró instrucciones o límites aunque los entendiera (desobediencia repetida)?
3.
¿Negoció todo como una “batalla” (insistir, discutir, presionar) hasta cambiar la decisión del adulto?
4.
¿Respondió con gritos, insultos o tono desafiante cuando se le puso un límite?
5.
¿Tuvo rabietas o explosiones para evitar reglas o responsabilidades?
6.
¿Hubo falta de consecuencias consistentes (a veces sí, a veces no) o cambios de reglas según el día?
7.
¿Los cuidadores tuvieron desacuerdos frecuentes sobre cómo corregir o qué permitir (mensajes contradictorios)?
8.
¿Se afectó la convivencia familiar (tensión constante, ambiente pesado, evitación, peleas repetidas)?
9.
¿Tu hijo(a) mostró poco respeto por turnos, espacios o pertenencias de otros en casa?
10.
¿Después de un conflicto, fue difícil reparar (pedir perdón, retomar la calma, volver a la rutina) y el tema se repitió igual?