1.
¿Tu hijo(a) tuvo rabietas o explosiones de enojo que fueron difíciles de parar una vez empezaron?
2.
¿Pasó de estar bien a estar muy molesto(a) en segundos (cambio brusco de ánimo)?
3.
¿Le costó calmarse sin ayuda (necesita mucha intervención del adulto para “bajar”)?
4.
¿Gritó, insultó o habló de forma agresiva cuando se frustró?
5.
¿Golpeó, pateó, lanzó objetos o dañó cosas durante el enojo?
6.
¿Se lastimó a sí mismo(a) o hizo gestos de autolesión en medio de la rabieta (golpearse, rasguñarse)?
7.
¿Después del enojo se mostró arrepentido(a), triste o “agotado(a)” y le costó retomar la actividad?
8.
¿Se frustró mucho con límites o cambios pequeños (por ejemplo: apagar pantallas, cambiar de actividad, esperar turno)?
9.
¿Tuvo dificultad para expresar con palabras lo que siente o lo que necesita antes de explotar?
10.
¿Las rabietas afectaron la rutina familiar o escolar (conflictos frecuentes, llamados del colegio, evitación de salidas)?